
Esa noche se había convocado a una asado a la juventud del partido obrero. Era importante que llevaran consigo sus barbas jóvenes y sus espíritus rebeldes. El humo del asado subía mientras el pernil se cocía, llevaba cerca de 7 horas sobre las brasas y ahora estaba lo suficientemente tierno y jugoso como para alimentar a dos docenas de harapientas caras de hambre. Sin embargo no pasaba. Los del partido no eran tantos, estaban bien vestidos y peor aún no tenían hambre. No la conocían. Sin embargo entre el hip-hop que por alguna razón era una voz de una mujer coreana la que acompañaba el ritmo con palabras ilegibles como “suckysuckymypussy” y el humo de tantos cigarrillos -Marlboro- revolucionarios que estaban encendidos se encontraba un chef encantado de que su platillo estuviera siendo devorado. Esto era -olvidé mencionarlo- porque entre la hoguera y la revolución, es decir, entre las brasas y el mesón, estaba el tío Carry.
El tío Carry es un personaje particular aunque estereotipico. Es único aunque existen muchos. El nuestro adornaba sus fuertes facciones con un candado bien cuidado, su incipiente calvicie empezaba a desperezarse en la cumbre de su cabeza, y su flacura se disimulaba con un vientre prominente, su embarazo de años era evidente. El padre era Quilmes.
Al lado del tío estaba la prominente y glamurosa artista de fama internacional Ari, ella con su esbelta figura no hacía más que sonreír y evitar que el tío se llevara a la cama a la mojigata Susana, que estaba embelesada con las artimañas del tío solterón y mujeriego que se conocía de memoria con pelos y señales ¡y cuando digo pelos me refiero pelos pelos! todos los burdeles de la ciudad, desde burdeles burdeles, hasta aquellos con personal exmasculino y masculino diurno. Entiendase un lobo con piel de oveja, o simplemente un lobo.
Además de conquistar niñas vírgenes el tío sometía a dos inmigrantes ilegales a comer. Decía envuelto en su desbordante placer “No puedo creer lo mucho que tragan estos desgraciados! cinco veces han dicho que están llenos y cuando les paso una bandeja de puerquito lo único que queda es un pedazo de pan que no se comen los hijos de puta porque dicen que pan es lo único que comen todos los días”. Cuando veía la cara de preocupación de Ari que estaba llena de bondad, decía “Che, no te preocupés que estos hijos de puta sólo hablan mozambiqueano” y seguía retorciéndose en risas y placer. Lo mismo pasaba con la cerveza. El tío era como un gran agujero negro, todo lo que se acercaba a él era absorbido por su fuerza gravitacional y desaparecía. Sabía bien que hacer con todo, Susana, la cerveza, el puerquito y hasta con el partido obrero. Tanto así que había comprado entradas para Black Sabbath porque insistía en que Ari, su sobrina, amiga de Susana, debería tener un novio, amante y posterior esposo metalero. Para que tuviera algo más de carácter, para que no fuera una simplona como Susanita, que se ufanaba de ser virgen cuando su edad rozaba con delicadeza los treinta.
El tío se definía a sí mismo como un salvador, como un héroe de muchas luchas que quería acabar los problemas del mundo con un sólo movimiento. Veía todo como un gran tablero de ajedrez y pensaba que debería existir un movimiento delicado y preciso, tanto que de un sólo golpe dejara la tierra -al menos la porción que él habitaba y habituaba- como un lugar armonioso y limpio. Su abanico de posibilidades se había ido reduciendo a medida que pasaban sus años. Pensó en inundar Paraguay pero se dio cuenta de que sus mangueras no lo harían lo suficientemente rápido como para que la gente se ahogara. Luego intentó -estando en Montevideo- comprar todos los aerosoles de la ciudad para vaciar su contenido y que se abriera un agujero en la capa de ozono que tostara la piel de los charrúas, hasta que notó que no le alcanzaba el dinero ni el tiempo y así fue descartando opción tras opción hasta que tuvo una visión, todo era claro, su gran momento estaba ahí.
Los jovencitos corrían desesperados por toda la casa, mientras el tío veía por las rejas como se encendían sus barbas revolucionarias y experimentaba una sensación orgásmica que le nublaba la visión. Mientras Ari -que fue la única que quedó- envuelta en el desespero y rabia le gritaba “¡¿Cómo se te ocurre prenderle fuego a mi casa con los chicos del partido adentro?!” a lo que el tío extasiado y desorbitado en júbilo respondía “es que siempre me ha excitado ver a los hombres gritando”.