Ácrata y Banquero
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El día de la madre era el domingo

El día de la madre era el domingo

El abogado dijo que era un trámite sencillo. Bastaba con firmar el poder y cualquiera de las dos enfermeras podría tomar decisiones médicas durante la ausencia de Mariana: autorizar procedimientos, hablar con los especialistas, firmar lo que hubiera que firmar en la clínica si la situación lo requería.

—¿Y si una firma algo que no debería? —preguntó Rodrigo.

El abogado explicó los límites del poder, los márgenes de discrecionalidad, las cláusulas de restricción. Rodrigo escuchó con esa atención que tenía para los asuntos que no le interesaban pero que le convenía parecer que entendía.

A la noche, Mariana dio vueltas en la cama. La enfermera de día era eficiente pero nueva. La de noche, Elvira, llevaba tres meses en la casa y conocía a su madre mejor que cualquiera: sabía cuándo el dolor era real y cuándo era el miedo hablando, sabía preparar la sopa a la temperatura exacta, sabía silbar bajito en el corredor para anunciar su llegada sin sobresaltar a la señora. Pero firmar un poder era otra cosa. Firmar era admitir que algo podía pasar. Firmar era dejar de ser la hija que tenía todo bajo control.

No firmó.


Rodrigo había reservado la suite con seis meses de anticipación. Era el tipo de hombre que no dejaba nada al azar, lo cual Mariana había confundido durante mucho tiempo con una virtud y en ella depositaba su tranquilidad.

La suite tenía vista al mar. Dos balcones. Una sala con sofá de cuero y un baño con dos lavamanos independientes, detalle que Rodrigo celebró en voz alta frente a los Montoya cuando estos llegaron a conocer las instalaciones la primera noche. Los Montoya tenían una habitación con vista interior, dato que él no mencionó pero que tampoco hizo nada por disimular.

Los cinco hijos dormían en dos camarotes contiguos. Rodrigo había establecido un horario para las comidas, para las excursiones, para el uso de la piscina. Había una hoja con instrucciones plastificada pegada en la puerta del camarote de los mayores, con turnos distribuidos en columnas y los nombres enumerados. No había espacio para improvisar. Incluso el ocio se ceñía a las reglas. Mariana no supo cuándo la imprimió. Sencillamente apareció, como aparecían muchas cosas que Rodrigo decidía sin consultarle.

El crucero era su redención. Mariana lo sabía aunque él nunca lo dijera con esas palabras. El año anterior había terminado en desastre: una operación en el norte del país que nadie quiso firmar después, que se ejecutó con información incompleta sobre el terreno, que costó más de lo que costó y que tuvo consecuencias que ninguno de los dos nombraba pero se les reflejaba en la cara. El abultado reporte de bajas. El ascenso negado. Una temporada de ausencias que los Montoya y los demás habían notado. Con esa sensibilidad particular que tienen las personas que siguen la fortuna ajena como si fuera un deporte. El crucero era la respuesta. Catorce noches, suite con vista al mar, Mediterráneo. Una porción considerable de su liquidación para dar inicio a su nueva vida

Antes de embarcar, Rodrigo había revisado cada detalle tres veces en tres días distintos, con el mismo tono sistemático con que se verifica que el perímetro está asegurado antes de moverse. No tenía planeado falla de nuevo. Mariana había entendido que cada pregunta era una advertencia y que el fracaso, si llegaba, sería de ella.


La primera gaviota atacó el segundo día, durante el desayuno en cubierta.

La hija menor tenía un croissant en la mano y miraba el mar con esa atención total que tienen los niños cuando algo los maravilla por primera vez, y la gaviota descendió sin aviso y se lo arrancó de un golpe limpio. La niña gritó. Rodrigo se levantó de un salto. El croissant ya estaba en el aire, a diez metros, partido en el pico del ave que no miró atrás.

Pasó tan rápido que los Montoya se rieron. Rodrigo también se rió, aunque Mariana vio en sus ojos el destello breve de la rabia antes de que llegara la sonrisa. Era un destello que conocía bien. Los demás en la mesa no lo vieron o prefirieron no verlo.

Las gaviotas rondaban el barco desde que zarparon. Sobrevolaban la cubierta con esa confianza insolente de quien sabe que los demás miran hacia otro lado, y cuando encontraban el descuido exacto descendían y tomaban lo que querían y se iban. Nadie las perseguía. Nadie las espantaba con verdadera convicción porque sabían que desaparecerían cuando estuvieran lejos de la costa. Los pasajeros protestaban un momento y luego volvían a sus conversaciones, porque las gaviotas eran parte del paisaje y protestar demasiado habría arruinado el ambiente.


La llamada de Elvira llegó la madrugada del tercer día.

Eran las dos y veinte. Mariana atendió en el balcón, descalza sobre el suelo metálico frío, con el barco quieto en medio del estrecho de Gibraltar y las luces de la costa dibujando una línea de promesas a lo lejos.

Elvira habló despacio, como habla quien ha aprendido a dar malas noticias sin que se materialicen todavía. Dijo que la señora había amanecido inquieta, que no reconocía el cuarto, que había intentado levantarse dos veces y la segunda vez la encontró orinada en el corredor buscando algo que no supo nombrar. Que su pulso estaba acelerado. Que le había parecido lo más prudente no esperar.

—¿Llamó a la ambulancia? —preguntó Mariana.

Una pausa.

—Llamé a los Guerrero, señora. Los del 501. Ellos nos llevaron.

Mariana cerró los ojos.

Los Guerrero del 501 eran los vecinos del piso de arriba. Eran también, aunque esto nunca se decía en voz alta, los mejores amigos de los Montoya en Bogotá. Carlos Montoya y Hernán Guerrero habían estudiado juntos. Sus esposas se encontraban los martes en el club.

—Está bien —dijo Mariana—. ¿Cómo está ella?

—Estable por ahora. Pero en la clínica me dicen que no pueden hacer nada sin autorización. Sin el poder firmado yo no puedo...

—Ya sé —la interrumpió Mariana—. Voy a llamar al médico.

Eran las dos y veinte de la madrugada en el Mediterráneo. El médico de cabecera no contestaba después de las ocho.


Rodrigo estaba despierto cuando Mariana entró al camarote. Estaba sentado en el borde de la cama, con la espalda recta y los pies en el suelo, mirando la pared con la concentración de quien evalúa una situación antes de hablar.

Mariana le contó lo que había pasado. Lo contó con orden y precisión, porque era la manera en que Rodrigo procesaba la información y porque cualquier fisura en la narración sería usada después.

Él escuchó sin moverse. Cuando ella terminó, tardó un momento.

—¿Los Guerrero la llevaron?

—Sí.

—¿En su carro?

—Sí.

—¿En ropa de dormir?

Mariana no respondió.

—Mariana. —La pausa calculada, la que precedía siempre a las cosas que se decían como si fueran razonables.— Para eso existe la ambulancia. No para que los vecinos vean a tu mamá en camisón siendo cargada al carro a las dos de la mañana. Eso tiene un protocolo. Cuando no se respeta el protocolo, la situación se sale de control.

—Elvira tomó la decisión que pudo tomar.

—Elvira tendría que haber llamado al número de emergencias que le dejaste. ¿Le dejaste un número?

Mariana sí le había dejado un número. El número del médico de cabecera, que no contestaba después de las ocho.

—Lo que me preocupa —continuó Rodrigo— es que mañana Hernán le cuenta a Carlos y Carlos le cuenta a Fernanda, y Fernanda viene a preguntarnos qué pasó, y nosotros estamos aquí y tu mamá está allá y el cuadro completo no es el que necesitamos en este momento. No podemos permitir que este flanco quede expuesto.

—Mi mamá está en la clínica.

—Exactamente. Y hay que mantener la posición y compostura. No vamos a hablar nada al respecto.

No lloraron esa noche porque no era una cosa que hicieran juntos. Rodrigo volvió a acostarse y en menos de dos minutos su respiración se acompasó con la regularidad de quien ha aprendido a dormir en cualquier condición. Mariana apagó la luz de su lado. El barco retomó su marcha. Se podía sentir la vibración del motor en los huesos si uno se quedaba quieto suficiente tiempo. Mariana lloró hasta quedarse dormida.


El cuarto día no salió del camarote.

Rodrigo en contra de su voluntad le llevó el desayuno sin preguntar nada, lo cual era una forma de preguntar todo. Luego se vistió, peinó a los dos menores y llevó a los cinco a la excursión programada. Antes de salir se detuvo en la puerta.

—Esta noche hay cena con los Montoya —dijo.

—Ya sé.

—Sería bueno que estuvieras.

No era una petición.

Sola en la suite, Mariana llamó a la clínica. Le informaron que la señora estaba en observación pero que para cualquier actualización del tratamiento necesitaban hablar con un familiar autorizado o con alguien con poder notarial. Mariana explicó que era la hija. Le dijeron que necesitaban la autorización por escrito. Mariana preguntó cuánto tardaba ese trámite desde el exterior. Le dijeron que consultara con su abogado.

El abogado dijo que en días hábiles, entre cuarenta y ocho y setenta y dos horas.

Setenta y dos horas.

Llamó a la clínica de nuevo para preguntar si podían al menos decirle cómo estaba su madre, cuáles eran los síntomas, si había riesgo inmediato. La recepcionista dijo que sin autorización no podía dar información del paciente. Mariana reiteró que era la hija. La recepcionista dijo que lo entendía, que lo sentía, que era el protocolo.

Dos gaviotas sobrevolaban el balcón con sus círculos lentos y pacientes. Mariana se preguntó si sobrevolaban porque anticipaban la tragedia. O simplemente eran así: criaturas del umbral, siempre listas, nunca del todo quietas.

Fue a la cena.


El quinto día salió temprano.

Se arregló con esmero delante del espejo, aunque estuviera quebrada por dentro. No era vanidad: era cálculo. No era un reflejo, era la superposición de fragmentos. Sabía que la forma en que apareciera determinaría las preguntas que le harían, o mejor dicho, las que no le harían. El vestido verde que Rodrigo nunca comentaba pero tampoco había desaprobado. El corrector debajo de los ojos. El cabello recogido.

Bajó a la cubierta.

Fernanda Montoya la vio llegar y dijo: Qué bien te ves. Dicho así, sin pausa, sin pregunta, como quien cierra una puerta antes de que entre el frío. Carlos levantó el vaso. Rodrigo le cedió la silla que había reservado a su lado.

Nadie preguntó por su madre.

Nadie preguntó nada.

Mariana se sentó. Pidió agua. Miró el océano verde y agitado de ese día, y pensó que el mar al menos tenía la honestidad de cambiar.

Por dentro calculaba permanentemente: cuánto tiempo sin revisar el teléfono para que no pareciera ansiedad, cuánto reír para que no pareciera teatro, qué decir si alguien finalmente preguntaba, cómo dosificar la verdad para que cupiera dentro del viaje sin arruinarlo. Porque arruinar el viaje era la única falta que nadie le perdonaría. ¿Y si los Guerrero llamaron a contarles? Disimular y negar, siempre, como indicaba Rodrigo.

Una gaviota aterrizó en la barandilla a un metro de ella. La miró con sus ojos redondos y amarillos, sin miedo, sin apuro. Luego se fue.


La noticia llegó el sexto día, a las once de la noche.

Fue Elvira quien llamó. Lo hizo con esa misma voz pausada de la madrugada del estrecho, la voz de quien sabe cómo entregar lo irreparable.

Mariana salió al balcón para contestar. A través del vidrio vio a Rodrigo en la cama, leyendo. La luz del velador le daba al cuarto un aspecto de normalidad tan completo que por un momento le pareció obsceno.

Elvira dijo las palabras. Mariana escuchó. Agradeció. Colgó.

Se quedó en el balcón un rato largo. Abajo, el agua negra se rompía en espuma blanca y desaparecía hacia atrás, y lo que antes había sido el camino no dejaba rastro. Se preguntó cuánto tardaría la inmensidad del oceano en tragarsela. No mucho más que un suspiro, concluyó

Rodrigo abrió la puerta de vidrio.

—¿Quién era?

—Elvira.

Una pausa.

—¿Tu mamá?

—Sí.

Rodrigo salió al balcón. Le puso la mano en el hombro: ni cariño ni amenaza, algo intermedio que podía pasar por ambos según quien mirara. Le dijo que lo sentía. Le dijo que mañana verían los vuelos, pero que no se hiciera muchas ilusiones porque seguramente estarían costosos. Le dijo que había que descansar.

Mariana entró. Se acostó. Apagó la luz de su lado.


Al día siguiente la clínica llamó para que Mariana firmara los documentos. Los de la morgue, el alta póstuma, el formulario de traslado del cuerpo. Los enviarían por correo electrónico. Firma digital, sin necesidad de notaría, con acuse de recibo en menos de una hora.

Mariana firmó todo desde el camarote, sentada en la cama, mientras Rodrigo se duchaba. Cada documento llegó, cada firma tomó treinta segundos. Para autorizar un tratamiento en vida habían necesitado setenta y dos horas y un abogado. Para liberar el cuerpo bastó con una contraseña.

Elvira llamó esa tarde para informar que el entierro tendría que esperar hasta el martes. La morgue estaba colapsada. Habían llegado heridos del norte y la clínica había cedido espacio. La guerra, dijo Elvira.

Mariana pensó en la operación del norte. En lo que nadie nombraba. En Rodrigo que dormía a las cuatro y media de la mañana con una regularidad que no era paz sino costumbre. Pensó que la guerra que había arruinado a su marido era la misma que ahora le robaba el nicho a su madre. Que todo era el mismo territorio y que ella llevaba años viviendo en él sin saberlo del todo.

No dijo nada. Se tragó todo.


Al otro día no hubo vuelos dentro del presupuesto que Rodrigo había ordenado. El siguiente puerto era Marsella y la conexión llegaba a Bogotá con dieciséis horas de retraso respecto al entierro.

Rodrigo hizo los cálculos en voz alta. Eran los cálculos correctos.

—No llegas —dijo.

—Lo sé.

—Entonces no tiene sentido salir antes.

Mariana no respondió. Tampoco negó. Había aprendido que ceder a tiempo era más eficiente que resistir.

Esa mañana bajó a desayunar con los Montoya. Fernanda le preguntó si ya estaba mejor del estómago. Mariana dijo que sí y agradeció la pregunta.

En la cubierta, una gaviota le robó el pan de la mano a un hombre mayor que había bajado la guardia un momento. El hombre protestó. Los que estaban cerca se rieron con esa risa que no es de burla sino de alivio, porque esta vez le había tocado a otro.


Las flores llegaron el martes.

Elvira se lo hizo saber con un mensaje breve. Los claveles blancos que Mariana había encargado desde la cubierta del barco, con la nota escrita a mano que decía Feliz día de la Madre. Con cariño, tus hijos, llegaron a la casa vacía un día después del entierro.

Elvira las puso en la sala. Dijo que olían bien.

El barco seguía en el Mediterráneo. Esa tarde había recepción en el salón principal: música en vivo y vista al atardecer. Rodrigo llevó el traje azul marino. Mariana el vestido negro que él había aprobado en el aeropuerto. Los cinco hijos en sus camarotes bajo el protocolo de la hoja plastificada.

Los Montoya llegaron puntuales.

Fernanda dijo: Qué elegante todo.

Carlos pidió champán para todos.

Rodrigo brindó.

Mariana sostuvo la copa. Afuera el sol se hundía en el mar con una lentitud calculada, y el cielo se volvió anaranjado y luego rojo y luego una oscuridad limpia que no se parece a ninguna otra oscuridad pero combinaba con aquella que inundaba su alma.

En la barandilla del salón, dos gaviotas esperaban con esa paciencia insolente de quien sabe que el descuido siempre llega. Tarde o temprano alguien baja la guardia. Tarde o temprano hay algo que tomar.

Nadie preguntó nada.

El barco siguió.